La introducción de música y bailes en las comedias teatrales tiene su origen entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, durante el transcurso del Sainete o en sus interludios. Es entonces cuando en Catalunya se introducen bailes populares originarios del folklore peninsular, como los boleros, la seguidilla, las tonadillas y los fandangos con sus variaciones. Otros bailes que aparecen son el zorongo, la jota, el polo, la malagueña, la cachucha, el cachirulo y el olé.
Todas estas expresiones artísticas eran acogidas en teatros para un público burgués y aristocrático, a menudo entre largas funciones teatrales. Se trata de expresiones culturales precedentes y coetáneas del flamenco, de las que éste se influenció para crear su propio lenguaje. Algunos de estos nombres de bailes denominaron posteriormente palos del flamenco.
Los gitanos tienen una fuerte presencia en este tipo de espectáculos, como lo demuestra el cartel del espectáculo Baile gitano: el Zarambeque o Cachucha, de octubre de 1827 en el Teatro de la Santa Creu de Barcelona; o el cartel de 29 de noviembre del mismo año, del espectáculo La Gitanilla, la cual será ecsornada con sus correspondientes coros de gitanos de ambos sexos, cantando y bailando según su carácter. Ambos carteles demuestran el protagonismo de los gitanos en este tipo de representaciones.

La escuela Bolera tuvo una importancia primordial en la coreografía teatral de la época. En ella, la danza clásica y los bailes populares mencionados, se fusionaban en perfecta armonía. Denominada escuela Bolera o de palillos, se convirtió en un fenómeno cultural, creando un género nacional que desembocó en el Baile teatral andaluz. En Catalunya, esta escuela prosperó rápidamente y pronto se formaron figuras célebres: Marià Camprubí y Dolors Serral o Joan Cambrubí y Manuela García, que inauguraron el Gran Teatre del Liceu en 1847, representando rondeñas, seguidillas manchegas, cachuchas y boleras, entre otros bailes españoles de la época. El hecho de que el templo de la ópera de Barcelona abriera sus puertas al público con representaciones de bailes españoles, cante andaluz o agitanado, tal y como se le nombraba también en esa época, demuestra hasta qué punto los bailes andaluces conmocionaron la moda teatral de mediados del siglo XIX.
También la famosa bailarina i cantante, Manuela Perea la Nena, representó bailes de carácter andaluz como Soledad la cortijera (1860) en el Circo Barcelonés, acompañada de Ángel Estrella, El zapateado de Cádiz o La rondeña.
Así pues, a finales del siglo XIX y principios del XX, el arte flamenco convivía y, en ocasiones, compartía escenario con la canción andaluza, la cobla, la zarzuela y los bailes españoles. Este hecho creó confusión a la hora de distinguir entre un género y otro. Sin embargo, la introducción del flamenco en los escenarios se produce de forma paralela con estos estilos citados, y no será hasta la aparición de los Cafés cantantes que esta música encontrará un espacio propio, donde adquirirá un carácter profesional definitivo.
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